¿Le enseñamos a dormir?

¿Le enseñamos a dormir?

Desde hace varios años nos quieren vender la película (en formato de libro) de que, al dejar llorar a un bebé, estamos enseñándole a dormir. Esta práctica está tan normalizada en la sociedad que asusta pensar el poder que tiene la publicidad, incluso cuando se trata de seres tan vulnerables como los/as niños/as.

Existen diferentes maneras de conseguir que un mensaje cale en el público deseado, de influir en el pensamiento de aquellas personas a las que queremos convencer de algo. En este caso, basta con que un hombre de bata blanca (un pediatra, concretamente, para así conseguir meterse a las familias en el bolsillo) escriba un documento en el que asegure que su método no sólo es efectivo, sino que además no produce ningún tipo de daño en el bebé. Pues bien, hay estudios que demuestran que este tipo de adiestramiento del sueño puede afectar a nivel emocional a un/a niño/a. Aunque, en realidad, no hace falta leer ninguna investigación para entender que alguien que hace oídos sordos ante el llanto desesperado de un bebé, no está respondiendo de manera adecuada a sus necesidades básicas.

En el fondo, se trata de un negocio muy bien adornado que encandila a familias al borde de la desesperación. La base de todo esto reside en la creación de un problema al que después nos ofrecerán solución. En periodismo, a este término se le da el nombre de “argumentum ad verecundiam” (argumento de autoridad). Es un tipo de engaño que consiste en defender algo como verdadero porque quien es citado en el argumento tiene autoridad en la materia. Adaptándolo a este contexto, así sería cómo ocurre: Nos bombardean con titulares, artículos y demás publicaciones que aseguran que lo normal es que un bebé menor de un año duerma solo y toda la noche del tirón. Para, a continuación, vendernos la solución a “nuestro problema”: dejarle llorar para que aprenda a dormir.

Un bebé no necesita aprender a dormir, porque ya sabe hacerlo desde que se está formando dentro de la tripa de su madre. Nacemos con una serie de reflejos y condiciones que facilitan nuestra supervivencia en este mundo. Como son la respiración, la deglución… Y, por supuesto, el sueño. ¿Os imagináis a un estomatólogo escribiendo un libro que nos enseñara a deglutir? Estoy visualizando la portada: un jovencito mirando un plato de comida con cara de preocupación y, arriba, un atractivo título en negrita “traga, niño”.

Por supuesto, el error se origina en el concepto que tenemos del sueño infantil. Es normal y natural que un bebé haga numerosos despertares nocturnos durante al menos los dos primeros años de vida (sí, lo he escrito bien, dos años). Para un/a niño/a, éste es un periodo crítico a nivel emocional, durante el cual se forjan la autoconfianza, la autoestima, el vínculo afectivo, etc. De hecho, los ritmos de sueño de un menor empiezan a parecerse a los del adulto entorno a los 3 años de edad, siendo aproximadamente a los 6 años cuando éste se equilibra.

Sin embargo, podemos apreciar lo sorprendentemente sencillo que resulta extender una idea falsa, totalmente contraria a la realidad. Es más, volviendo hacia atrás en el tiempo, fue en 1985 cuando el pediatra y “experto en sueño” Richard Ferber publicó un libro que defendía este tipo de práctica. Estivill sólo le ha dado continuidad y una mayor visibilidad en España.

Entonces, ¿cómo lo hacemos? En realidad, la respuesta no es tan sencilla como la pregunta. Es cuestión de tener la información adecuada en nuestra mano. Se trata de comprender que el sueño es evolutivo y madurativo, que el bebé de pocos meses que ahora se despierta cada hora, irá haciéndolo en menos ocasiones progresivamente. Es preciso conocer el comportamiento real de niños/as comprendidos/as entre los 0 y 3 años, para poder empatizar en cada nueva fase con ellos/as.

Asimismo, debemos ser capaces de buscar estrategias adaptativas, como puede ser el colecho, para hacer nuestro descanso más llevadero. Es fundamental entender que el bebé nace con la necesidad vital de estar en constante contacto con otro cuerpo (el de la madre, concretamente) y que si percibe que éste no está, su mundo se desequilibra. Por eso, la presencia de madre-padre, los besos, las caricias, estar en brazos, el pecho, las nanas… Son hábitos necesarios y beneficiosos tanto para el bebé o niño/a como para sus progenitores.

Finamente, no he querido cerrar este post sin antes añadir una última reflexión. Y es que después de darle varias vueltas al asunto, no le encuentro sentido a este hecho: ¿por qué debemos acostumbrar a un bebé a dormir solo cuando, nosotros/as, los adultos dormimos (la inmensa mayoría de nosotros/as) acompañados/as?

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