Algo irreemplazable

Algo irreemplazable

Han pasado ya casi dos años desde que el señor A y yo decidimos tener un hijo. Todavía recuerdo ese nerviosismo que recorría todo mi cuerpo cada vez que pensaba en la idea de estar embarazada y crear una familia. No me imaginaba la situación: tener una tripita que engendraba un bebé. Pienso que quizás esos nervios pretendían camuflar un poco mi miedo. Ese miedo a lo desconocido, a lo que inevitablemente vendría una vez tomada la decisión. Pero teníamos claro que queríamos ser padres y no nos veíamos viviendo la vida de otra manera.

Unas pocas semanas más tarde estábamos sentados en la cama, mirándonos y diciéndonos todo sin hablar. Habían pasado algunos minutos menos de los 10 que indicaba la explicación en el dorso de la caja, pero me resultaba verdaderamente difícil esperar. Parecían horas. Así que, me levante y me dirigí hacia el baño antes de tiempo. A pesar de que el señor A creía que me estaba precipitando, el gesto de su cara cambio en cosa de pocos milisegundos al verme salir por la puerta. Dos rallas confirmaban mis sospechas.

Desde ese preciso instante, todo cambió. Ese temor iba de la mano de un inevitable sentimiento de alegría. Al principio no dejaba de hacerme una pregunta de manera constante: ¿y ahora qué? Y nunca llegaba a recibir una respuesta concluyente. Todo era nuevo y estaba lleno de sensaciones indescriptibles.

Como suele ser costumbre en nuestro entorno, aquel momento nos parecía demasiado anticipado para abrir la noticia y, por otro lado, eso suponía tener que llevarlo a escondidas. Resultaba emocionante y complejo a la vez. En este sentido, fue liberador cuando finalmente se lo contamos a nuestra familia y amigos/as. En aquel instante se acabaron los secretos y los disfraces.

Las semanas pasaban despacio al principio, permitiéndome disfrutar con calma de cada nueva sensación a lo largo de la evolución del embarazo. Por el contrario, las últimas parecían acortar varias horas del día. El último trimestre fue, en mi caso, el más agradable sin duda. La conexión que M y yo creamos entre esa barrera de piel, se hizo realmente intensa y especial.

Como era previsible, llegó el día de conocernos, esta vez en el exterior. Su cara era más que bonita y la adicción que me producía mirarla, me robaba las horas de sueño. Una vez fuera de mi cuerpo, seguíamos siendo una sola persona. Yo su hogar, él el sentido de mi viva.

El escaso permiso de 16 semanas que finge fomentar una maternidad pura, facilitar un vínculo y proteger el bienestar y desarrollo saludable de un bebé todavía inmaduro y necesitado de su madre, iba llegando a su fin. Yo sentía ir contra natura al tener que separarme de M tan pronto. Aún no había cumplido los cuatro meses de edad y, sin embargo, ya era apto para poder acudir legalmente a una escuela infantil.

Un bebé de 16 semanas no debe estar fuera de su hábitat natural, lejos del cuerpo de su madre. En nuestro caso, la balanza se inclinaba hacia M como prioridad absoluta e hicimos caso omiso al resto de cuestiones que sujetaba el otro platillo. Así, pude solicitar un permiso para cuidar de él a lo largo de su primer año de vida.

Durante todos estos meses he tenido el privilegio de ver crecer a M. He reído al ver su primera sonrisa, me he emocionado al ver cada pequeño paso que le ha llevado a un nuevo logro en su desarrollo, he disfrutado de nuestra lactancia, me he despertado cada mañana abrazada a su cuerpecito, he saboreado cada plato de comida junto a él… Hemos crecido de la mano. Y aunque todavía nos quedan montones y montones de momentos por vivir, todas y cada una de estas vivencias ya pasadas perdurarán para siempre en mi memoria. No hay nada que pueda sustituir esto.

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