Mitos sobre lactancia materna II

Mitos sobre lactancia materna II

Aunque resulte sorprendente, es increíble la influencia que pueden llegar a tener las palabras, hasta el punto de conseguir que alguien se replantee continuar con algo que desea hacer.

Recordaréis que hace unas pocas semanas hablamos sobre creencias ligadas a la lactancia materna que están muy afianzadas en nuestra sociedad y de cómo, finalmente, resultaron ser completamente falsas. Pues bien, siguiendo a esa entrada, de nuevo volveremos a desterrar diferentes mitos que persiguen al amamantamiento hoy en día. Como sabréis, hay infinidad de ellos, pero aquí va otra pequeña recopilación de los más comunes u oídos.

1. Dar el pecho duele.

Lo cierto es que dar el pecho no debe doler, ni siquiera los primeros días. Los pezones no tienen que «hacer callo» , como suele decirse. Es verdad que se trata de una zona muy delicada en la que no suele haber mucho roce y se toca lo justo, y por tanto, es normal sentir una sensación extraña al comienzo de la lactancia. Al fin y al cabo, esa rutina cambia, puesto que hay un bebé succionando constantemente. Pero jamás debe doler.

Si la madre siente dolor durante las tomas o si tiene grietas, habría que buscar la causa real que lo ha provocado, ver dónde está el problema. Probablemente, como en la mayor parte de los casos, puede ser debido a un mal agarre o a una postura incorrecta.  Aunque parezca sorprendente, un simple codo mal colocado puede ocasionar molestias o dolor durante la succión. Sin embargo, podría haber otras razones más ocultas que sería necesario valorar de forma individualizada (frenillo, retrognatia, etc.).

Cuando esa incomodidad es soportable, hay madres que dejan seguir mamando al bebé hasta que finalice la toma. No obstante, es un error. En ese caso, por mínima que fuera la dolencia, habría que separar al bebé del pecho (metiendo el dedo meñique por la comisura de su labio con el fin de romper el sellado) y recolocarse para seguir en una postura adecuada.

Hay ciertos indicadores que nos pueden guiar para saber si vamos por buen camino: durante la succión del bebé sus mejillas no deben estar hundidas (como si chupara de una pajita), no se deben escuchar chasquidos, los labios del bebé están evertidos (completamente abiertos, como simulando la boca de un pez), etc. De todas formas, al mínimo indicativo de que algo falla, no estaría de más acudir a alguien especializado/a y actualizado/a en el tema de la lactancia materna (ya sea en un centro de salud o bien en grupos de apoyo a la lactancia).

2. Después de un disgusto la leche se corta.

Contrariamente a lo que se piensa, un disgusto, por muy fuerte que sea, no puede acabar con la lactancia. Al igual que el estrés, un momento puntual de nervios o tristeza puede influir en la eyección, pero no en la producción.

Hay dos hormonas protagonistas en la lactancia materna: la oxitocina y la prolactina. La primera es conocida como «la hormona del amor». La segregamos durante el parto para producir las contracciones que abrirán el camino a una nueva vida y reaparece cuando nace nuestro bebé, haciendo que nos enamoremos perdidamente de él.

En la lactancia, la oxitocina desempeña un papel muy importante, pues esa sensación de placer y afecto que produce en la madre desencadena la función del resto de hormonas implicadas en este mecanismo. Entre ellas, la prolactina. Por su lado, esta segunda hormona es la encargada de la producción de leche.

Sin embargo, al igual que ocurre a menudo durante la evolución del parto, el estrés, los nervios y el miedo paralizan el desarrollo natural. Eso sucede porque todos estos sentimientos negativos hacen que la mujer comience a segregar adrenalina y cortisol (la hormona del estrés), inhibiendo así el efecto de la oxitocina. Esto hace que, al estar succionando el bebé, la leche salga más despacio; pero no se corta.

3. No tengo suficiente leche (mi bebé se queda con hambre).

La hipogalactia es muy poco frecuente y se da en un número muy reducido de mujeres en el mundo. Como dice el pediatra Carlos González: «¿Verdad que el corazón o el riñón suelen funcionar, verdad que usted no está preocupada por si el mes que viene se paran? Pues el pecho también suele funcionar».

Entonces, ¿por qué tantas mujeres creen que carecen de leche para alimentar a sus bebés? Hay dos motivos que pueden aclararlo. El primero es el propio mito que corre de boca en boca y hace desconfiar a la madre de su capacidad biológica para amamantar. Y en segundo lugar están los llamados brotes de crecimiento. Son etapas en las que el bebé precisa de más alimento (coincidiendo con los hitos del desarrollo) y dedica mucho más tiempo del día y de la noche (sobre todo, pues el pico de prolactina es más elevado) a estimular el pecho de la madre con el objetivo de aumentar la producción.

Esta insistencia por mamar constantemente puede confundir a la madre haciéndola creer que no tiene leche suficiente y que, en consecuencia, su hijo/a se queda con hambre. Sin embargo, es fundamental informarse bien y confiar en que el desarrollo natural fluirá con normalidad, y unos días más tarde comprobará que todo vuelve a la normalidad.

Las crisis más conocidas son: a los 17 días del nacimiento aproximadamente, al mes y medio y a los tres meses. Ésta última es la culpable del fracaso de muchísimas lactancias. Para esta época, el pecho de la madre se percibe mucho más blando que antes (a pesar de producir más leche que en los meses previos) y ésta interpreta erróneamente que no produce suficiente para su bebé, dando como resultado el fin de la lactancia.

No debemos olvidar un hecho clave: mientras el bebé mame, seguirá habiendo leche. Y cuanto más estimule el pecho, mayor será esa producción.

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