Reflexión: típicos tópicos

Reflexión: típicos tópicos

Sin duda, ésta es la pregunta que más me han hecho desde que soy madre: «¿Es bueno?», refiriéndose a mi hijo. Pero ¿qué significa exactamente «ser bueno»?

¿Que duerma toda la noche del tirón? ¿Que coma todo lo que se le pone en el plato? ¿Que juegue en silencio? ¿Que no se queje? ¿Que no llore?… En definitiva, ¿que no moleste? Basándome en diferentes comentarios seguidos de la tan sonada pregunta, interpreto que éstas podrían ser las acciones que un adulto podría considerar negativas o inapropiadas en un bebé.

Entonces, automáticamente me pregunto: por lo tanto, ¿es mi hijo considerado un «niño malo»? Porque desde luego que llora, no se acaba todo lo que le ponemos en el plato y tiene por costumbre despertarse varias veces por la noche, llegando a ponerse a canturrear de madrugada en más de una ocasión.

A pesar de todo esto, jamás se me ocurriría pensar que M pudiera ser calificado como «malo» por ello. Es, simplemente, un bebé y actúa como tal. Cuando tiene hambre o sueño, llora. Pero también lo hace si tiene frío, calor, sed, aburrimiento, si necesita afecto o se siente incómodo por cualquier otro motivo. Llora porque a esta temprana edad no sabe expresarse de ninguna otra manera y necesita del adulto para satisfacer sus necesidades. No vale la pena ponerse a buscar otra teoría irracional, puesto que supondría alejarse de la realidad.

Tiene la extraña costumbre de comer cuando tiene hambre, ni antes ni después, ya que no sabe de horarios. Y, si el plato tiene 20 macarrones, pero sólo le apetece comer 5 de ellos, entendemos que es la cantidad suficiente para él; la que necesita para saciar su hambre. Así que, ni le insistimos ni le obligamos a acabar. Al igual que haríamos con cualquier otra persona que no terminase su menú.

Un bebé no llora o deja de comer para fastidiar al adulto, ni mucho menos busca manipularlo. No «sabe latín», como suele atribuírsele. Su llanto sólo reclama calmar su malestar. El cerebro de un bebé de meses es incapaz (por mucho que nos hayan hecho creer lo contrario) de llegar a conclusiones tan complejas como ésas.

Puede parecer algo inapreciable y banal, pero planteémonos si haríamos la pregunta del comienzo al padre o a la madre de un niño o una niña de 7 años, o de 15 o, incluso, a ellos/as mismos/as. Sonaría rato, ¿no? ¿Qué es lo que nos hace verlo apropiado cuando se trata de un bebé? Acaso, cuando son pequeños/as ¿todo vale?

Dejemos de poner etiquetas negativas y de asignar roles mitificados a lo que de por sí es normal.

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