Relato de un parto

Relato de un parto

Era lunes por la mañana. Me había levantado temprano para prepararme con tiempo y así salir pronto de casa. Ya entrando en la semana 39 de embarazo, en los primeros días de verano, me sentía cada vez más torpe y cansada. Tenía cita con mi ginecóloga. Aquel día me iban a poner las correas y sabría cómo marchaba la cosa. Estaba realmente impaciente por saber. 

Cuando entré en la consulta, recordé que el día anterior había estado mojando la ropa interior un poco más de lo habitual. Pero, después de haber hecho la prueba de toser que nos dijeron en las clases de preparto, todo parecía estar bien, así que no le había dado mayor importancia. Sin embargo, mi ginecóloga sí lo hizo. Después de ver cómo de avanzado estaba el tema, me hizo la maniobra de Hamilton (sin mi consentimiento) y finalizó haciéndome una prueba que, minutos más tarde, confirmaba que la bolsa tenía una fisura. Estaba perdiendo líquido amniótico. De manera que me mandó directamente al hospital.

Me quedé en shock. Era lo último que esperaba oír ese día. Eso suponía una inducción y no me había imaginado ni por un momento que mi parto fuera a comenzar así. Los meses anteriores le había dado muchas vueltas a la cabeza pensando en ese momento y estaba decidida a dar a luz sin epidural. Sin embargo, una inducción rompía completamente mis esquemas.

Llamé a mi marido, recogimos la bolsa con todo lo necesario para mi estancia en el hospital y nos dirigimos hacia allí. De camino íbamos alucinando. El día había llegado por fin. Al menos, el día en el que comenzaba todo el proceso de parto. Ya que, una inducción, puede llegar a alargarse hasta 48 horas… Fuera como fuese, ya estábamos más cerca de conocer a nuestro hijo.

Llegamos al hospital. Tuvimos suerte, no había mucha gente y nos atendieron enseguida. Me hicieron las pruebas pertinentes y, acto seguido, me ingresaron. De repente, nos vimos en una sala de dilatación que, a su vez, era paritorio. Lo cierto es que, al estar tan despejada mentalmente, era muy consciente de todo lo que estaba pasando a mi alrededor y me impresionó verme allí. La matrona llegó minutos más tarde para darme algo de comer y traerme un montón de papeleo para rellenar. Le expliqué cuál era mi plan de parto y, me propuso firmar el documento que permitía administrar la epidural en caso de recular en mi decisión. Aparentemente, no me veía muy capaz de soportar el dolor de las contracciones, porque terminó diciéndome: “luego me la pedirás a gritos”. Después de esto, ya con la vía colocada en mi muñeca, la oxitocina comenzó a recorrer mi cuerpo. Al principio me resultó bastante llevadero. Notaba los dolores y eran más suaves de lo que me esperaba. Así que me animé, pensando que sería capaz de aguantarlo si seguía a ese ritmo hasta el final. Pero la intensidad fue en aumento por minutos. Mi marido me daba conversación y yo no podía evitar desconectar cada vez que el dolor volvía a invadir mi cuerpo. Dejaba de escuchar y lograba evadirme contando los puntos que tenía la sábana de la cama.

Así pasaron las tres primeras horas. La matrona volvió nuevamente para ver cómo progresaba. Me miró y me dijo que sólo estaba dilatada de dos centímetros y el cuello del útero todavía no estaba borrado. En definitiva, aún no estaba de parto, aunque los fuertes dolores que yo sentía sí fueran los de una parturienta. Visto que el proceso iba lento, me propuso romper la bolsa para agilizarlo y duplicó la cantidad de oxitocina que me estaba suministrando. El acto no fue nada doloroso en sí, pero eso fue lo que desencadenó el inmenso agotamiento y dolor que empecé a sentir a continuación. De una hora a otra, comencé a percibir unas contracciones realmente fuertes, como no las había sentido hasta ese instante. Éstas comenzaron a ser tan seguidas que apenas tenía tiempo para descansar entre una y otra. Se me hacía más difícil controlar la respiración y, de pronto, me desmoroné. Mi parto natural soñado se iba al garete; no iba a poder soportar esa situación mucho más tiempo.

Poco después, la matrona entró a despedirse y a desearnos que todo fuera bien. Finalmente, nos dijo que un matrón la sustituiría en el cambio de turno. Y así conocimos a Dani, quien nos hizo volver a creer que nuestro parto deseado era posible. Cuando accedió a nuestra sala, se presentó y nos dijo que ya había leído nuestro plan de parto. A partir de ese momento, hicimos uso de todos los recursos naturales con los que contábamos: la pelota, el masaje, diversos cambios de postura… Hasta que llegué a pedir lo que para mí sería el último medio aceptable: el óxido nitroso. Llamado, comúnmente, “gas de la risa”. Bien, pues de gracioso no tuvo nada. No cumplió con mis expectativas de reducción del dolor. Aunque actuó como placebo e hizo una función importante satisfaciendo una necesidad, también prioritaria, en mi estado: ayudarme a regular las respiraciones. Cada vez que notaba que una contracción comenzaba a subir de intensidad, respiraba el gas y, me concentraba tanto, que conseguía mantener el ritmo sin hiperventilar.

De esta forma, y gracias a mis queridas endorfinas, pasaron varias horas sin que fuera muy consciente del reloj. Recuerdo lo penetrante que era el dolor de cada una de las contracciones que sentí. Sin embargo, en mi memoria, la huella del tiempo transcurrido parece efímera. De pronto, ya sin mi placebo, Dani me pedía empujar enérgicamente. Mi bebé se había descolocado y venía mirando hacia arriba, así que necesitaba de mi ayuda para salir. Yo estaba completamente exhausta; llevaba arrastrando ese agotamiento desde hacía horas y apenas tenía fuerzas para seguir. Cada pujo acababa con frases de ánimo que Dani me regalaba. Pasaban los minutos y, lo que al principio parecía tan lejano, ya estaba acercándose. De repente, noté como la cabecita de mi pequeñín salía de mi cuerpo y, después del próximo y último empujón, lo hacía también el resto del cuerpo. Me lo colocaron encima del pecho y, en ese mismo instante, desaparecieron todo el dolor y el cansancio que llevaban horas acompañándome. Acto seguido, su pequeña boquita comenzó a mamar. Se dibujó una sonrisa en mi cara, le rodeé con mis brazos y, en ese momento, me enamoré.

2 comentarios en «Relato de un parto»

  1. La maternidad es lo mas grande y lo mas difícil. Empiezas a amarlo/a antes de conocerlo/a. Me ha encantado!

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