¡¡Eres la leche!!

¡¡Eres la leche!!

El tema de la lactancia materna es tan amplio y controvertido que una no sabe ni por donde cogerlo. Por llevar un orden cronológico, empezaré desde el principio.

La tierra existe desde hace miles de millones de años y en ella han habitado durante tantos y tantos siglos nuestros antecesores. ¿Os imagináis a un homo sapiens calentando un biberón en la hoguera? O ¿fabricando un chupete manualmente para calmar a su cría? No, claro que no, porque la naturaleza se encargó de proveer al cuerpo femenino de herramientas necesarias para satisfacer las necesidades vitales de sus descendientes, todavía inmaduros. De hecho, cuando nuestros antepasados aún caminaban a 4 patas, el periodo de gestación era mucho más largo y las crías nacían mucho más preparadas para la vida que en la actualidad, como pasa con el resto de especies animales. Fue al pasar a la bipedestacion cuando eso cambio. El cuerpo de la mujer ya no podía soportar tanto peso y los bebés que nacían mostraban una dependencia total por la madre (contacto, alimento, etc.). Pero éste es otro tema, muy interesante, que trataré en otra entrada.

Siguiendo con lo anterior, mi pregunta era la siguiente: ¿de dónde nace tanta desconfianza hacia esos mismos medios naturales que tan bien siguen cumpliendo su función hoy en día? ¿Qué es lo que ha cambiado? Hemos querido modernizarnos tanto que, sin darnos cuenta, estamos arremetiendo contra lo más natural que existe. Porque, sí, la lactancia materna es lo normal (aunque no sea lo habitual).

 

Cada vez leo más publicaciones relacionadas con este asunto en las que, parece, hay que demostrar con sólidos argumentos los muchos beneficios de dar el pecho a nuestros/as hijos/as. Sin embargo, creo que debería de ser al revés. No veo razón para argumentar tanto, es simplemente cuestión de lógica y sentido común. El biberón es un invento que lleva entre nosotros no más de 60 años; la leche materna, en cambio, desde que existen los mamíferos (no me imagino a una oveja planteándose dejar de lado su propia leche para ofrecer a sus crías la de otro animal). Quien se tiene que encargar de demostrar la valía de su producto son las multinacionales que venden leche artificial; invirtiendo, como hacen, miles de millones en publicidad (engañosa) para convencernos de que la leche que fabrican se parece mucho a la materna. Cuando, en realidad, se parece tanto como el chorizo a una manzana.

No quiero que se me malinterprete con todo esto. Una cosa es ser una fiel defensora de la lactancia materna (diría que ha quedado bastante claro que lo soy) y otra muy distinta es entrar en decirle a una familia cómo tiene que alimentar a su bebé. Yo respeto todas las opciones y no soy quién para entrar en un asunto tan personal. ¡Faltaría más! Lo que no tolero es el engaño. Porque, desgraciadamente, en éste y en otros tantos países europeos, muchas madres optan por la leche artificial creyendo que tiene las mismas propiedades que la materna.

Con esto, sólo quiero que quede clara una cosa: la leche más natural y adecuada para un bebé es la que sale del pecho de su madre. Se produce y se va modificando a lo largo de todo el periodo que dura la lactancia en función de las necesidades del comensal. La artificial, sin embargo, es un alimento creado para el resto de criaturas que no puedan disfrutar de la leche normal. Sea por enfermedad o decisión de la madre, siempre respetable.

Quiero concluir animando a las mujeres lactantes a no esconderse a la hora de dar el pecho, ya que la clave para recuperar esa visión positiva y natural de este acto en nuestra sociedad empieza por nosotras.

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