Cómo comunicarse con el bebé

Cómo comunicarse con el bebé

Hace unas semanas cayó en mis manos una especie de diccionario dirigido a “empezar a hablar con l@s niñ@s”, como su propio nombre lo titula. Ese encabezado avivó mi curiosidad por conocer el contenido. Entonces no tuve ocasión de hacerlo, pero me prometí echarle un vistazo cuando tuviera un rato. Y ese día llegó ayer.

Lo cierto es que el comienzo del cuadernillo me ha dejado bastante sorprendida. Se trata de un diccionario con un lenguaje inventado para comunicarse con los bebés. Porque, aparentemente, éstos nacen con un idioma propio integrado en su ADN y son incapaces de entender el nuestro… Supongo que, en su momento, a alguien que obviamente desconocía las características propias de niños y niñas de estas edades, se le ocurrió la idea de crear nuevas palabras para lograr una comunicación comprensible entre ambos interlocutores (bebé y adulto).

Pues, vengo con una primicia: nos han engañado. El bebé que nace en España, en China o en Nueva York es perfectamente capaz de adaptarse a las costumbres, cultura y lengua del país en el que le ha tocado vivir. El largo tiempo que dedican a observar, escuchar e imitar a los adultos es el camino natural a seguir hacia esta interacción. Sin embargo, hay algunas modificaciones que podemos hacer para facilitar la comunicación, evitando la frustración y fomentando la confianza.

La primera de ellas es hablarles con normalidad. Tan sencillo como eso. Con esto, me refiero a no enseñarles palabras inexistentes como “chichi”, “nene” o “guau guau”. Dirigirnos a ellos/as con el mismo lenguaje que utilizamos cuando conversamos con otras personas. Así, la interiorización de la lengua se realizará de forma natural y espontánea.  A menudo, tendemos a emplear palabras pueriles, creyendo que así les facilitamos el proceso del habla, pero más bien terminamos entorpeciéndolo. De hecho, ésta es la razón por la que, hoy en día, todavía se vean niños/as mayores expresándose en un lenguaje infantilizado, mostrando asimismo una imagen infantilizada de ellos/as mismos/as.

En relación a esto, quiero aclarar un tema que, a veces, se pasa por alto. ¿Cómo “hablarles con normalidad”? Pues mirándoles cuando nos dirigimos a ellos/as, haciéndolo con un tono suave y comprensible, valiéndonos de gestos que ayuden a la comprensión del mensaje… Sin embargo, no deberíamos suplir estos momentos por aparatos electrónicos. Ponerles la televisión o la Tablet (aunque sean dibujos animados en inglés) no es hablar.

Al hilo de esto, hacer frases cortas es tan importante como hablar despacio, ya que posibilita una mejor comunicación entre niño/a y adulto. Debemos ser pacientes y repetir lo que hemos dicho todas las veces que sea necesario. Es fundamental darle tiempo al/a la receptor/a para asimilar bien todas las palabras.

Además, debemos evitar acciones como imitar su manera de expresarse o de reproducir lo que les decimos. Los/as niños/as necesitan repetir lo que escuchan para poder interiorizarlo y añadirlo a su vocabulario, con el fin de utilizarlo más adelante. Al principio, su pronunciación no llega a ser exacta, evidentemente. Pero intentan copiar las mismas palabras que oyen mediante repeticiones fonéticas, haciendo pruebas una y otra vez. Es en ese momento cuando están aprendiendo y, por muy divertido que pueda parecer, no debemos reírnos de esos esfuerzos.

Como digo, cuando están comenzando a expresarse verbalmente, les resulta difícil pronunciar las palabras que llegan a sus oídos y las repiten como buenamente pueden. En el momento en que esto sucede, nuestro papel no debe de ser el de “corrector”. Nuestra postura se limitará únicamente a animar y motivar esa práctica; repitiendo, si hace falta, lo que el/la niño/a haya expresado “mal”. Lo explico con un par de ejemplos para que se aprecie mejor la diferencia.

Ejemplo 1:

  • Quiero tocholate. (Niño)
  • No se dice tocholate. Se dice chocolate. (Adulto)

Ejemplo 2:

  • Quiero tocholate. (Niño)
  • ¿quieres chocolate? Quizás te dé un poco cuando acabes de comer. (Adulto)

En la primera situación, el adulto se limita a la corrección, obviando la demanda del niño. Sin embargo, en el segundo ejemplo, el adulto se centra en dar respuesta al contenido del mensaje, mientras le ofrece al niño una pauta sutil de una correcta pronunciación de la palabra.

Otro punto a tener en consideración es nuestra reacción a sus gestos. Cuando un/a niño/a señala algo que quiere, pero no sabe o no puede decir la palabra o frase que lo denomina, será el adulto quien lo verbalice por él/ella. No tiene sentido insistir en que lo pida de viva voz si no lo ha hecho desde un principio. He visto en más de una ocasión a padres-madres empeñados/as en no darle la botella hacia la que apunta la niña hasta que no diga “agua”. El objetivo no es darle la botella según la señala, sino poner palabras a lo que intenta expresar: “¿Quieres agua? ¿Tienes sed? Ahora te acerco la botella”.

Finalmente, quiero recalcar que los/as niños/as han estado en contacto continuo con su lengua materna desde que han llegado al mundo y, por lo tanto, comprenden bastante más de lo que pueden decir. Así pues, no demos por hecho que no saben o no entienden, sólo porque no se expresen oralmente como lo hacemos los adultos. Y ayudémosles a desarrollar sus habilidades lingüísticas en este proceso de aprendizaje.

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