Las etiquetas de Ibai

Las etiquetas de Ibai

Ibai (9 meses) está sentado en la alfombra jugando con una pelota; la mira, la chupa, la golpea contra el suelo… En cosa de un segundo, se le escapa y se aleja rodando hasta quedar a medio metro de él. Estira el brazo y agacha su cuerpo todo lo que puede con intención de alcanzarla. Lo intenta varias veces, pero es imposible, está muy lejos. Entonces, comienza a protestar para pedir ayuda. En ese momento, aparece una de sus figuras de referencia. Ésta, analiza la situación y, devolviéndole la pelota, le dice al niño: «Ibai, eres un vaguete, a ver cuando te echas a gatear de una vez».

A Ibai lo sentaron por primera vez (y a partir de ese instante, se convirtió en un hábito diario) alrededor de los 5 meses. Edad en la que, conociendo cuáles son las diferentes fases del desarrollo psicomotor, es algo claramente imposible de realizar sin ayuda. Desde entonces, ha conocido el mundo que le rodea desde esa posición vertical. Al principio, haciendo mil malabares para mantener erguido su inestable cuerpo. Pasados los meses, su postura no ha cambiado y se ha resignado a jugar con los juguetes que tenía a su lado en cada momento, sin opción a poder escoger. ¿Quién se atrevería a lanzarse al suelo a gatear con tan poca práctica? Yo, desde luego, no lo haría. Y entiendo que él tampoco se haya arriesgado. ¡Qué vértigo! Sin embargo, sus progenitores le exigen que gatee, «que ya es hora».

Para empatizar con Ibai y, así, entender la condición que le ha tocado vivir, lanzo al aire esta pregunta: ¿Podría hacer el largo de una piscina alguien que no haya aprendido nunca a nadar? Difícilmente. Y eso que, a menudo, damos por hecho que cualquier persona adulta sabe nadar o, al menos, a defenderse en el agua. Pero la realidad es que no todo el mundo puede hacerlo. Por lo tanto, no sería justo achacar esta habilidad a la edad de la persona, sino más bien a su práctica y experiencia.

Volviendo al caso de Ibai, ocurre exactamente lo mismo. Él ha pasado de los brazos a estar tumbado en su hamaca y, posteriormente, a ser sentado a una edad muy temprana. De esta manera, se ha saltado toda la etapa del suelo hasta llegar a ese punto: estar boca arriba, conocer sus pies y manos, girar hacia abajo, voltear de nuevo hacia arriba, reptar, gatear y, finalmente, sentarse de forma autónoma. Todo esto, para acabar poniéndose de pie y aprender a caminar más tarde. Y todo sin ayuda. Es un proceso largo, de muchos meses. Y debe ser respetado para que fluya como corresponde, de manera natural. La intervención del adulto (aunque inconsciente) no hace otra cosa que frenarlo y termina por hacer mella en el/la niño/a; no sólo incapacitándole para lo que genéticamente está preparado, sino a modo de humillación desde el momento en el que se le pone esa etiqueta tan injusta que, en el caso de Ibai, le tacha de torpe o vago.

Como él, hay muchos, muchísimos niños y niñas a los que se les denomina X, haciendo parecer que su comportamiento o forma de ser están fuera de lo normal. Vago/a, llorica, malo/a, protestón/a, manipulador/a, miedica, nervioso/a, mal/a comedor/a… Son varios ejemplos dentro de la variedad de calificativos (sería más acertado decir «descalificativos») que nos podemos encontrar. Además, etiquetar es algo tan común hoy en día, que no se hace extraño escucharlo de boca de cualquier familiar o amigo, e incluso de alguien desconocido.

Ibai ha crecido, ya tiene 2 años pasados y lleva en la boca el chupete que tanto le relaja. Sus padres han intentado quitárselo en contadas ocasiones pero, ahora que ha empezado a ir a la escuela por primera vez en su vida, lo necesita más que nunca. Le da más seguridad y tranquilidad a la hora de enfrentarse a esta nueva situación. De camino, una mujer les detiene, para dirigirse tanto a él como a su madre: «¿este chico no es muy mayor para andar todavía con chupete? Vaya gandul estás hecho, el chupete es para los bebés. ¿Tú eres un bebé?». Estoy segura de que habréis oído esta «regañina» no una, ni dos veces, sino en numerosas ocasiones. Es un comentario más que habitual que se hace de forma corriente a los/as niños/as que han dejado atrás el primer año de su vida.

Ahora bien, ¿crees que sería lícito tratar así a un adulto? Imagínate andando tranquilamente por la calle y que, de repente, un completo desconocido invada esa calma para darte su opinión sobre tu vestimenta, dieta o cualquier otro tema personal que no le incumbe a nadie más que a ti. Sería raro, ¿verdad? De hecho, por eso mismo, esto no pasa. Pero si así fuera, probablemente lo tacharías, como mínimo, de entrometido o maleducado. Y eso, siendo suave a la hora de responderle. Entonces, ¿por qué permitimos este ataque cuando se trata de un menor? Si, como madre o padre, al vernos en una situación parecida a la de Ibai, lo dejamos pasar de largo sin dar una contestación adecuada y tajante, estamos haciéndole creer a nuestro/a hijo/a que ese extraño tiene razón.

A esa edad, un/a niño/a carece de los recursos necesarios para defenderse de ese tipo de comentarios y, para ello, depende completamente de lo que haga o diga el adulto que le acompaña. Desafortunadamente, incluso a veces, estas críticas (aparentemente indefensas) provienen de esa misma persona en la que el/la menor se refleja para aprender y crecer, y de quien depende, en gran medida, su existencia y bienestar. Su referente en la vida. Por lo tanto, la magnitud del comentario puede tener un impacto mucho mayor en él/ella, empujándole a asumir ese papel. El llamado «efecto Pigmalión» podría considerarse consecuencia directa de un uso reiterado de etiquetas. Es decir, que el concepto que un individuo tiene sobre otro, puede influir en la forma de actuar de éste, haciendo que la expectativa finalmente se cumpla. (Para más información véase el estudio realizado por Rosenthal y Jacobson).

Personalmente, creo que en la sociedad en la que vivimos tenemos la idea errónea de que los bebés y niños/as pequeños/as no se enteran de nada, que no sufren al escuchar algo que a un adulto sí le ofendería; que ni sienten ni padecen, vaya. Sin embargo, vengo con una primicia: ¡estamos equivocados/as! Por supuesto que sufren y les duele. Aunque sean más pequeños/as, son personas igualmente, con sus sentimientos de tristeza, enfado, alegría, etc. Tienen derechos y deben ser tratados del mismo modo en el que nosotros/as esperamos ser tratados. Dicho esto y para acabar, creo que ya va siendo hora de cambiar el chip, ponernos en su lugar y empezar a tratarles con el respecto y afecto que se merecen.

2 comentarios en «Las etiquetas de Ibai»

  1. Me encanta.
    Día a día son ell@s l@s que nos enseñan a los adultos lo que son capaces de hacer y aprender. Tan solo hay que darles su tiempo sin anticiparnos, con paciencia que solit@s lo consiguen.

  2. Que razón tienes, son pequeñas personitas, y merecen el mismo respeto que los adultos, totalmente de acuerdo

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